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Jueves 23/02/17 SANTORAL:Antonio, Celso, Florencio, Félix, Lázaro, Marta, Milurga, Ordoño, Policarpo, Primiano, Rafaela Ibarra, Romana, Sereno
Dadme un punto de apoyo y moveré la tierra. Arquímedes.(¿285-212 a. C.); matemático, físico e inventor griego
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TORRES FORTIFICADAS

Es frecuente encontrar, todavía hoy, en numerosos puntos de Cantabria torres fortificadas o "torronas" deterioradas o transformadas con el transcurrir del tiempo. Son construcciones pertenecientes a la arquitectura civil, entendidas parcialmente como reductos militares y que cuentan con elementos de fortificación -almenas, barbacanas, cercas- más o menos desarrollados. Estas torres medievales, -construidas entre los siglos XIII al XV por los caballeros hidalgos e infanzones montañeses-, tienen no sólo un interés arquitectónico sino también gran valor histórico, hasta el punto de hacerse notar su tipología en la arquitectura montañesa posterior.

Solían estar aisladas y situadas en lugares estratégicos para poder defenderse mejor.
Son de planta cuadrada, tienen muros de mampostería, con esquinales de sillería, entrada única, huecos altos irregularmente repartidos (saeteras, vanos geminados) y estructura interior de madera.

Tienen de tres a cuatro plantas. La planta baja se destinaba a servicios, la principal a vivienda noble y la última, descubierta, estaba almenada. La mayoría de las que aún se conservan, pertenecen a los siglos XIV y XV y dependiendo de su localización, se distinguen dos tipos básicos: las torres rurales y las urbanas.

Entre las primeras, algunas presumiblemente con muralla y foso, cabe citar las de Proaño, Ruerrero y San Martín de Hoyos situadas al sur, en los valles de Campoo, Valderredible y Valdeolea; en la zona costera la de Estrada, en Val de San Vicente; las de Obeso y Linares en Rionansa y Peñarrubia.

Otras, las más numerosas, son aquellas que han soportado graves transformaciones, ya sea por restauración en época moderna como la de Pero Niño en San Felices de Buelna, o a causa de tener construcciones adosadas, de las que pueden citarse como ejemplo la de Roiz en Valdáliga, la de Mogrovejo en el valle de Liébana, la de Hojamarta en Quijas, la de los Calderón de la Barca en Viveda y la de Santiyán en Puente Arce.

A su vez, las torres enclavadas en núcleos urbanos más antiguas son las del Merino -llamada "La Torrona" (con vanos adintelados de los siglos XV y XVIII)- y de los Borja en Santillana del Mar y la del Infantado en Potes. Las tres recientemente restauradas y con un destino público, ya sea administrativo o cultural.

A partir del siglo XVI y los dos siglos siguientes, las torres pierden definitivamente su función militar, pero siguen conservando su carácter señorial, convirtiendose en enseña y símbolo de un linaje o mayorazgo, cargándose su exterior de ostentosas labras heráldicas. Es entonces cuando, o bien comienzan a trasformarse las ya existentes con añadidos en torno o abriendo unos más amplios vanos, o bien se inician las construcciones de nueva planta de las denominadas "casa-torre".
Un precedente medieval de estas existe en La Costana, en Campo de Yuso, cerca de Reinosa. Fué de la familia de los Bustamante y tiene construcción de planta rectangular unida originariamente a uno de los lados de la torre propiamente dicha.

Las "casas-torre" más sencillas son aquellas edificadas básicamente en el siglo XVI y que presentan una estructura prismática cuadrangular de menor elevación que las medievales pero de mayor perímetro y en ocasiones están reforzadas con cubos cilíndricos en sus esquinas; sirvan de ejemplo las de los Alvarado en Heras, de Riva-Herrera en Gajano y de los Agüero en San Vicente de Toranzo.
Pertenecientes al siglo XVII pueden citarse como más representativas las dos de Alceda, de las familias Bustamante Rueda y Ruiz Bustamante, y una en Iruz -llamada de "la Cagiga"- en el valle de Toranzo, de la familia Quevedo.
En el siglo XVIII dos son los casos más destacables: el palacio de Alvarado en Adal y el palacio de Elsedo en Pámanes.

En cualquier caso, puede afirmarse que una gran mayoría de las casonas o palacios construidos durante el periodo barroco tienen como origen una primigenia torre solariega o una intención de apropiación formal de sus características simbólicas más arraigadas en la tradición histórica. Tal ocurre con los palacios de Donadío en Selaya y el de Soñanes en Villacarriedo, erigidos respetando restos de una antigua torre y cuya existencia queda marcada al realzarse su cuerpo por encima del resto de la construcción.

Del mismo modo, a comienzos del siglo XIX, los arquitectos más prestigiosos e innovadores de nuestra región, estudiosos de la arquitectura local, e iniciadores del "estilo montañés", siguen considerando la torre como un elemento primordial que proporcionará un carácter más noble a la casa montañesa.


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